ALLE ANDEREN
Y nos compararon con los demás. Hasta entonces éramos felices, comíamos Nutella y follábamos mientras escribíamos nuestra propia historia vacacional. Todo parecía ir sobre silencios consensuados, ritmo lento pero jodidamente comprometido. Y así llego lo cretino.
Ellos eran odiosos, gente con éxito, modelos en su especie, con sonrisas que invadían territorios. Solo era nuestra casa, éramos nosotros, sin masculinos ni femeninos. Nos empezaron a relatar el cuento de su existencia, cómo debíamos ser como otros, quizá como ellos, con bebé a la vista y un trabajo que nos diera nombre y apellidos. Empezamos a perder la duda viendo cómo asomaba la cruda certeza por la puerta de nuestra habitación.
Ya no quedaban silencios consensuados, todo venía arrasando lo negociado. Le miraba a los ojos y se avergonzaba de mi discurso. Mi mano en su pecho molestaba, mientras su mano en el mío seguía siendo tan deseado. Así, comencé con el trabajo de ser quien no era. Quería seguir sintiendo su vacío, su liso pelo, su relajado pálpito. Sentí morir en el intento. Habría matado a esos modelos que se presentaron en nuestras vidas como si fueran el único cuadro al que mirar, como si aquello, por fin, fuera la colorida felicidad. Y me morí en el intento. Notaba cómo mis manos no emanaban calor y apenas sentía dolor entre los dedos de mis pies cada vez que me daba con las afiladas esquinas de su cuerpo. Él solo miraba al horizonte siguiendo las líneas que dibujaba la vía del tren, tren que no remolcaba nuestro vagón. Y yo solo quería salir de la vida para adentrarme en mi nicho, huir de la luz, luz que solo trataba de aumentar el alcance de nuestras sombras. Siempre sabrían mejor los gusanos que estaban bajo tierra, eso pensaba yo.
No obstante aún estaba viva. Quieta, inmóvil, pero respiraba aire puro. Él me recogió, quería volverme a ver. Acariciaba mi vientre, pretendía hacerme reír con sus pedorretas nacidas en mi piel. Volvía el hombre que nunca pretendió ser masculino, solo mi compañero. Y yo no pude evitar mirarle a los ojos cuando así lo deseó. Me besó mientras le odié. Pero las razones volvían a ser nuestras, los silencios volvían a ser pactados, y los rincones de entre mis dedos enrojecieron de dolor.


No hay comentarios:
Publicar un comentario